miércoles, diciembre 07, 2022

Nacionales, Política

Las democracias mueren cuando la verdad se convierte en lo que uno quiere que sea

La ideología despierta, la polarización política y las redes sociales conspiran para que las mentiras sean aceptables

Porque, más que nada, la verdad importa. En las sociedades autocráticas, como dice un cronista de la Rusia moderna, “nada es verdad y todo es posible”. Los líderes mienten, el público sabe que mienten y los líderes saben que lo saben.

La cultura del engaño y la desconfianza es omnipresente.

La corrupción y el crimen, la intimidación y la fuerza bruta, la injusticia y el uso arbitrario del poder son hechos de la vida cotidiana y se enfrentan, en su mayoría, con un encogimiento de hombros, derrotados.

En sociedades libres y abiertas como la nuestra, se supone que las cosas son diferentes. Toda nuestra forma de vida se basa en la confianza, y la confianza se basa en la verdad y la reciprocidad. Tenemos una policía imparcial, jueces independientes y un Estado de Derecho. Tenemos medios de comunicación libres e instituciones capaces de enfrentarse a gobiernos y empresas. Tenemos libertad de expresión y derecho a la protesta.

Y, por muy importantes que sean las leyes y las instituciones independientes, también tenemos normas exigentes. Los políticos no deben mentir a la ciudadanía. Los medios de comunicación no deben mentir ni difamar. Los que ocupan puestos de poder -desde los policías hasta los primeros ministros- deben tener un nivel de exigencia mayor, porque tienen poderes extraordinarios sobre sus conciudadanos.

Al menos, así es como se supone que funciona. En realidad, nunca ha funcionado a la perfección -siempre ha habido abusos de poder y no siempre se hace justicia-, pero hay razones para creer que las cosas están empeorando profundamente.

La saga de Cristina Fernandez es un ejemplo evidente. Pero el problema no se limita a ella ni a este Gobierno. También dentro de los Partidos Políticos, por ejemplo, donde la decencia y la verdad se han subordinado a la ideología y el dogma. Muestra evidente fue el deceso de Alberto Nisman, abogado penalista argentino que alcanzó notoriedad por su intervención como fiscal en las causas vinculadas al atentado a la AMIA y como denunciante en la causa sobre Memorándum de entendimiento Argentina-Irán y amenazas de muerte contra él y sus hijas.

En dichas causas Nisman imputó o acusó directamente al gobierno de Irán, a tres personas que se desempeñaron como presidentes de la Nación así como otros altos funcionarios del Estado, el Poder Judicial, los servicios secretos, organizaciones judías y funcionarios iraníes, algunos de los cuales resultaron condenados en el juicio AMIA.

Vivimos en una época en la que tu visión de la verdad, y de quién dice la verdad, depende de las lealtades personales, del apoyo político y de la ideología. En Estados Unidos, la mayoría de los republicanos siguen creyendo que Donald Trump ganó las elecciones presidenciales. ¿Pero los demócratas son mejores? Insistieron en que las elecciones de 2000 y 2016 fueron robadas. Antes de las últimas elecciones allí, algunos demócratas dijeron que no podían confiar en la vacuna Covid porque no podían confiar en Trump.

El ex presidente, por supuesto, nunca fue fiel a la verdad. Y su ejemplo muestra lo rápido que las cosas pueden caer en espiral cuando los líderes y las instituciones abandonan las normas de decencia y honestidad. Los políticos republicanos fueron intimidados por los activistas y su presidente para que fueran cómplices, las instituciones y las leyes fueron subvertidas, y los demócratas se convencieron más de que su propia virtud -nunca algo que subestimaron- justificaba su propia deshonestidad.

Ya vivimos en un mundo en el que grandes empresas como los bancos y fabricantes como Volkswagen han sido descubiertos mintiendo y haciendo trampas. Tenemos gobiernos extranjeros hostiles que intentan explotar nuestras sociedades abiertas y nuestras instituciones democráticas. Sabemos que la polarización hace que la gente anteponga el partidismo a la corrección. Y las redes sociales y la fragmentación de las noticias hacen que una mentira pueda llegar a muchos millones de personas sin que la verdad la alcance.

Siempre ha habido disputas sobre la verdad, pero esto es diferente. Para algunos, la ideología deformada significa que no hay una única verdad, sino diferentes discursos y experiencias vividas: de ahí “mi verdad” y la tuya. Para otros, los cambios sociales, políticos, institucionales y tecnológicos no hacen más que darles la oportunidad de mentir con la razonable expectativa de salirse con la suya. Muchos creen que su causa, o su tribu, o el puro narcisismo, hacen que el fin justifique los medios.

Pero todo esto es terriblemente corrosivo. En política, una mentira justifica otra mentira, un engaño provoca una trampa. Y en nuestra sociedad en general, las falsedades minan la confianza, alimentando la corrupción y el crimen y socavando nuestro sentido de la responsabilidad hacia los demás. Las sociedades sin verdad ni confianza son más peligrosas, menos prósperas y más infelices.

Si queremos algo mejor, necesitamos leyes e instituciones fuertes, pero también normas restauradas. No se puede afirmar que se defiende la verdad si no se denuncian las mentiras del propio bando, y en circunstancias en las que éste podría pagar un precio por esa honestidad. Al final, nos corresponde a todos defender lo que es correcto.

2021 © Ruben Guzzo (Ordine Nazionale dei Giornalisti 59120 – Turin, Italia) para Diana Casco Network – All Rights Reserved

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